27/10/2026
Casi 8 años después, sigo sin aprender a tomarme las redes sociales como parte de mi trabajo.
A la mínima que la vida se me echa un poquito encima, son las primeras en salir de mi lista de prioridades. Y cuanto más tiempo paso sin aparecer por aquí, más grande se me hace la montaña de volver.
Hoy quería preparar una publicación con algunos de los últimos pedidos del taller y he acabado perdiéndome entre mis anteriores publicaciones.
He releído textos, recordado momentos, historias... Y me ha dado mucha ternura encontrarme conmigo misma.
Con la Cris de hace unos años, con la de hace unos meses y con todas las que han ido dejando un pedacito de sí mismas por aquí.
Y he pensado que, aunque llevo años reprochándome lo poco constante que soy, hay algo que sí he sabido hacer: no publicar por publicar nunca.
Cada foto y cada texto tenían algo detrás. Una ilusión, una anécdota o simplemente unas ganas enormes de enseñaros algo que acabábamos de crear.
Y me ha parecido bonito descubrir que, sin proponérmelo, he construido un lugar en el que todavía me reconozco.
Sé que no soy precisamente el ejemplo que pondrían en un curso de marketing. Sé que debería organizarme mejor y darle a esto la importancia que merece para que Criscu siga creciendo. Y os prometo que la intención está. Siempre está.
Pero hay algo que se me resiste a convertirlo en una obligación. Porque para mí compartir lo que hacemos nunca ha sido solo enseñar un producto. Es contar un poquito de lo que hay detrás, de las pequeñas cosas que hacen que este trabajo sea tan nuestro.
Y a veces, aunque las ganas de crear sigan intactas, me faltan las de contar.
Supongo que algún día aprenderé a organizarme mejor. Pero hoy, después de mirar atrás, he pensado que tampoco quiero perder del todo esta manera tan mía de estar aquí.
Puede que no haya construido el Instagram más constante del mundo, pero sí uno al que le tengo muchísimo cariño.
Y ahora sí, os dejo algunos de los últimos pedacitos de Criscu que han salido del taller.